Es la economía, como siempre

Ukraine

Jaime Batlle, Director Académico del Postgrado en Desarrollo Directivo en Negocios Sostenibles

Sabemos que la deuda no es ilimitada. Lo que no sabemos es cual es el límite de apalancamiento admisible, antes de que estos señalen el espacio que ya no se puede traspasar, sin que las estructuras dejen de aguantar. Lo malo es que en economía las estructuras se resquebrajan antes de la última previsión optimista, en aras siempre del mismo argumento: no había otra salida.

Antes de la pandemia la preocupación en el entorno de la Unión Europea (UE) estaba en contener los déficits. A España, sin ir más lejos, Europa le discutía un 2,8% en vez de un 2,4% de déficit fiscal, sobrepasado ampliamente el 1, 5% objetivo. ¡Qué tiempos aquellos!

El experimento Draghi no había desbordado, milagrosamente, ningún recipiente, pero sabíamos que el siguiente paso era reducir la deuda en la que habíamos incurrido tras la crisis de 2008. Ese y no otro era el objetivo al poner la diana en el déficit público: reducir deuda.

Para mitigar los efectos de la inflación no habrá más remedo que subir tipos, pero subir tipos implica ponerse ante un espejo

Vivíamos bajo el escenario y visión de la doctrina económica germana, caracterizada por el pragmatismo y el principio de que para generar un euro de deuda pública, había que tener la seguridad de que podríamos pagarlo con la rentabilidad generada por ese mismo apalancamiento, algo que pocos países europeos podían y pueden decir.

La pandemia vino a presionar la economía europea hasta límites notables y ante la disyuntiva entre salud o economía (otra vez el argumento de que era el único camino posible) se optó por la decisión más sencilla: generar deuda y encima mutualizada, (más dopaje). Con lo que se abrió el escenario para que los países más endeudados, menos productivos, cuyo apalancamiento financiero es inferior a uno, y donde España a la cabeza por su dimensión de PIB y población vea el uso de los fondos Next, para incluirlos en los presupuestos generales del Estado y usarlos para pagar gastos corrientes y pavimentar calles en versión disfrazada y colosal de aquel infausto plan Ñ.

El drama es que no se puede hacer de otra manera, porque cambiar la estructura de PIB y modernizar la economía es tocar la estructura y eso lleva entre 12 y 15 años en ver resultados, aun acertando, que esa es otra.

Y en estas llegó la guerra de Ucrania y aceleró la inflación que ya estaba despuntando de forma evidente. Para mitigar los efectos de la inflación no habrá más remedo que subir tipos, pero subir tipos implica ponerse ante un espejo que nos devolverá una imagen deformada, en relación directamente proporcional al volumen de la deuda y la incapacidad para pagarla.

Y todos sabemos que el problema, siendo de deuda, es de la magnitud de la misma. Es decir, cómo la pagamos.
La magnitud de una deuda y su capacidad de devolución se compensa por la productividad y por la estructura de generación de PIB, especialmente y aquí aparece el problema, desigualmente distribuido en el espacio UE.

No es lo mismo afrontar un excesivo apalancamiento con la inercia de una elevada productividad y una estructura de generación de PIB de primer nivel, que hacerlo con las carencias estructurales de la economía española, de sobra conocidos.

No es lo mismo afrontar un excesivo apalancamiento con la inercia de una elevada productividad y una estructura de generación de PIB de primer nivel, que hacerlo con las carencias de la economía española

Así las cosas, la elevación de tipos frenará la competitividad y en un segundo escalón, debido a la magnitud de la deuda pública y privada, generará drenaje de recursos para pagar el servicio de la misma en un escenario en el que re-apalancar no será posible.

La covid-19 primero y la guerra de Ucrania son dos realidades que golpearan la economía occidental, sin remedio.

El tercer escenario nefasto es el cambio climático que supondrá un brutal coste económico a la producción y reducirá la demanda, no solo sensible al precio, sino a todo factor que implique inestabilidad, como lo serán los producidos por el cambio climático.

Vienen tiempos duros, ha dicho el Presidente de nuestro gobierno. ¿En serio? No nos habíamos dado cuenta. Algún pensador ha dicho que para arreglar esto es necesario volver a una economía de los años 60. No me atrevería a decir tanto, porque no lo sabemos. Nadie tiene la bola de cristal.

La inestabilidad y la guerra en Europa, se fueron de vacaciones en 1945 y pensábamos que los dos novios se habían fugado de casa. Han vuelto 80 años después, con más achaques, más viejos. Ahora somos más en casa y la tenemos sucia.

No sé cómo nos las vamos a apañar, aunque salida habrá por lo civil, lo militar, lo natural o un mix de todo junto. ¡Es la economía! Como siempre.