La regulación para financiar el crecimiento sostenible: menos es nada

Finanzas sostenibles

Marcos Eguiguren
Director de la Cátedra Internacional en Finanzas Sostenibles 
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La Unión Europea (UE) trabaja desde hace años en cómo fomentar que el capital privado se oriente a financiar actividades sostenibles. Ya se han puesto en marcha medidas dentro del plan de acción para la financiación del crecimiento sostenible. Uno de los puntales del plan es el desarrollo de un sistema de clasificación para las actividades sostenibles que, con el nombre de Reglamento de Taxonomía, fue aprobado en julio de 2020, de momento cubriendo objetivos y actividades en el ámbito medioambiental.

Esa Taxonomía debe verse completada en los próximos meses con un sistema que permita clasificar las actividades sostenibles, también desde el punto de vista social. Para ello, la plataforma para las finanzas sostenibles de la UE, un grupo permanente de expertos constituido, entre otras cosas, para asesorar a la Comisión Europea en el desarrollo del Reglamento de Taxonomía, ha publicado un informe para la creación de una taxonomía social que incorpora dos dimensiones en la definición de qué entendemos por social.

El Reglamento de Taxonomía nace como un sistema de clasificación de actividades sostenibles para, entre otras cosas, poder facilitar la financiación de las mismas

La futura taxonomía social tendrá una dimensión vertical, centrada en qué hacen las compañías (productos y servicios) y otra horizontal, focalizada en cómo hacen las cosas, teniendo en cuenta el impacto en los stakeholders afectados por la actividad de la empresa.

Para conseguir un equilibrio en las relaciones entre los aspectos medioambientales y sociales, ese informe sugiere que unas salvaguardas mínimas en aspectos sociales y de gobernanza formen parte de la taxonomía medioambiental y que salvaguardas mínimas de tipo medioambiental formen parte de la taxonomía social que surja de este proceso. De esta forma nos aseguramos de que aquellas actividades que sean financiables prioritariamente por las entidades financieras de la UE tengan siempre un claro objeto social o medioambiental y que cumplen unos requisitos mínimos en el otro ámbito.

Ese informe para la creación de una taxonomía social se halla ahora en fase de consulta pública y se espera que entre en fase de debate final y sea presentado para su aprobación al Parlamento Europeo en los primeros meses de 2022.

Viendo estos movimientos uno puede llegar a sentir orgullo de nuestras élites, que pretenden que el sector financiero haga inversiones con visión social y medioambiental. Personalmente, como viejo zorro en el campo de las finanzas sostenibles, desde finales de la década de los 90 del siglo pasado, cuando casi nadie hablaba de estas cosas, tengo, como dice la conocida balada, “el corazón partío”. Permítame que me explique.

La futura taxonomía social tendrá una dimensión vertical, centrada en qué hacen las compañías, y otra horizontal, focalizada en cómo hacen las cosas

La voluntarista y bienintencionada ofensiva reglamentista de nuestros gobiernos tiene un punto interesante, ya que indirectamente pone al sector financiero en la tesitura de meditar mejor acerca de sus decisiones de financiación. Sin embargo, esa dimensión, que podría considerarse positiva, olvida, como suele ocurrir siempre con nuestros insignes legisladores que, en lugar de reglamentar y categorizar todo aquello que se menea, a veces es mejor promover modelos de gobierno inclusivos y sólidos incentivando la adopción por parte del sector financiero, de propósitos y misiones de tipo transformador que, de por sí, contribuyan a cambiar la cultura de las organizaciones y, por ende, sus modelos de negocio.

Es decir, se reglamentan los procesos y los outputs esperados, en lugar de tener marcos legislativos que incentiven los cambios culturales y de gobernanza y que, con una guía mínima, depositen en el sector privado la iniciativa del cambio. Si en las últimas décadas ha habido un factor que ha suscitado un consenso mayoritario entre los actores empresariales a nivel mundial (el consenso absoluto es humanamente imposible), es la necesidad de abordar a la mayor velocidad posible la reconversión de la economía hacia un paradigma de desarrollo sostenible. Se lo creerá usted o no, querido lector, pero en los últimos diez años, todavía no he conocido a ningún empresario que no esté convencido de la necesidad de reconversión. Una cosa distinta es la velocidad de la misma, que puede ser distinta en función de los barrios.

La categorización y reglamentación de procesos no es siempre la mejor opción puesto que, en ese escenario, los lobbies empresariales siempre actuarán para intentar que los intereses de sus sectores salgan bien parados, mientras que el incentivo a un cambio de gobernanza más profundo puede hacer que aquella empresa que, de otra manera, estaría practicando lobby, intente acelerar su transformación de forma más convencida y proactiva.

En lugar de reglamentar y categorizarlo todo, a veces es mejor promover modelos de gobierno inclusivos y sólidos incentivando la adopción por parte del sector financiero de propósitos y misiones de tipo transformador

Ya estamos viendo, a raíz de la COP26 en Glasgow, algunas dificultades en cómo calificamos algunas actividades. Por ejemplo, la postura defendida por Francia, sin duda apoyada por su potente lobby energético, de que la energía nuclear debe ser considerada como parte de la taxonomía en su apartado medioambiental, ha suscitado muchas discusiones con partidarios y detractores de esa iniciativa. No me voy a posicionar sobre ese particular, pero es, sin lugar a dudas, un ejemplo de como los lobbies pueden ir influenciando, no siempre de forma positiva, esa taxonomía.

Sigo creyendo que modelos legislativos diferentes en los que se incentiven cambios en modelos de gobierno y se promuevan empresas que tengan una misión y un propósito verdaderamente equilibrado y transformador, tal vez sean algo menos efectivas a corto plazo, pero con seguridad, serán mucho más robustas a largo plazo.

Mientras tanto, tendremos que dar la bienvenida al Reglamento de Taxonomía de la UE, también en su dimensión social. Menos da una piedra, pero yo, debo confesarles que sigo teniendo “el corazón partío”.

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