Lo contraproducente del postureo político LGBTIQ

Toni Aira
Director del Màster en Comunicación Política e Institucional

 

La misma semana que los principales líderes occidentales se hacían la foto en Bruselas con él, Viktor Orbán aprobaba en Hungría una nueva ley retrógrada y homófoba, ahora prohibiendo que se hable en las aulas de la homosexualidad. Esto pasa en pleno siglo XXI en una Europa que no acostumbra a reaccionar ante tales retrocesos más que con comunicados de tercera y en el mejor de los casos con multas de cuarta. Eso sí, luego los mismos líderes que comparten foto con populistas ultraderechistas como el primer ministro húngaro, cuando llega el mes del orgullo LGTBIQ serán de los primeros en llenar sus bocas, sus partidos, sus discursos y sus avatares en las redes sociales de los colores del arco iris. Eso es el rainbow-washing. El “hacer como si” se defendieran los derechos de un colectivo aún amenazado por los extremismo en las sociedades (también en las democráticas) de 2021, pero básicamente poniéndose a ello vía carcasa, marketing y postureo político a imitación del que antes han perpetrado muchas marcas comerciales. La mayor parte de estas, por cierto, ya han pasado página de esta práctica, por puro sentido común aplicado ante la avalancha de críticas. Mientras, en política hay ahí mucho rezagado aún. 

Pero antes del jugar a teñir con los colores del arco iris, una bandera del colectivo LGTBIQ, ya habíamos visto procederes similares con colores como el morado en motivo del 8-M, y con otros colores emblema de reivindicaciones que se acaban entendiendo como mainstream pero sin la pulsión adjunta de ir al fondo de la cuestión. Lo deficitario de esta práctica salta a la vista cuando el posicionamiento de un proyecto institucional, social o político se queda en ese intento de lavado de imagen que pasa sin más por un barniz de pintura vía pantallas y durante unos contados días. Si antes, durante y después de eso no se hace nada más, ni nada en concreto, ni nada útil o práctico al servicio de intentar sumar a revertir situaciones injustas, el fracaso en el intento de surfear esa ola está cada día más asegurado.

Vivimos tiempos donde la comunicación de la política palpa más rápidamente que nunca cómo la generación de expectativas exageradas que se frustran exageradamente provoca un rechazo y una desconexión más inmediatos por parte de sectores varios de la ciudadanía que de entrada habían decidido dedicar unos instantes de su dispersa atención a ello. El efecto rebote es brutal y en muchos casos incentiva prejuicios sobre formaciones políticas o marcas en particular, así como, en general, sobre la política y sobre los extendidos clichés de su proceder más pernicioso.

Pasó con el Ciudadanos de Albert Rivera en su momento álgido, cuando se quiso dibujar como gay friendly, como manera de singularizarse en el mercado político español entre un PP que hasta la llegada de Vox se había mostrado como la fuerza política más reticente a sumar en la igualación plena entre las personas LGTBIQ y el resto, y entre un PSOE que para una parte del colectivo gay, por ejemplo entre los favorables a la gestación subrogada, podía encontrar en C’s el justo punto medio. El centro, como quería representar Ciudadanos, también en esto más en forma que en fondo. Pero la aceleración de los tiempos políticos hace ya unas cuantas temporadas que estrecha el tramo que hay entre lo que dices que eres y lo que finalmente haces y te retrata. Ciudadanos aceptó gobernar en ayuntamientos y comunidades autónomas gracias al apoyo de la ultraderecha de Vox, que por ejemplo niega la violencia de género, que niega minutos de silencio en corporaciones municipales por mujeres asesinadas por sus parejas, o que tiene líderes que han pedido al Defensor del Pueblo que permita las “terapias para gays”. A partir de ahí, los de Albert Rivera ya pudieron fichar a prescriptores del colectivo para sus listas, hacerse fotos con ellos, regar bien de banderas del arco iris en sus mítines y tintar sus avatares de esos colores cuando consideraban que convenía, pero finalmente lo que encontraron fue un profundo rechazo que se manifestó sonoramente en una manifestación del Orgullo en Madrid que la política ultra Rocío Monasterio ha dicho que, en general, “denigra la dignidad de las personas”.

Empresas y corporaciones varias que nunca han hecho nada por avanzar efectivamente en la igualación de derechos entre mujeres y hombres también han tirado del hipócrita (y contraproducente) intento de lavado de imagen que implica teñir su estética del morado durante unos días, y ya. Ante eso, en los últimos tiempos ya han habido interesantes reacciones en forma de campañas imaginativas como la de Correos con motivo del Día de la Mujer de 2021, “#8MtodoElAño". Su inicio y su martilleante estribillo es diáfano: “Hola, hoy es 8 de marzo y no ponemos el logo morado. No queremos ser como esas marcas que por postureo se suben al carro. Hola, hoy es 8 de marzo y no ponemos el logo morado. Pa’ mañana tener que quitarlo y ser feministas pero solo un rato”. Deja en evidencia el purplewashing. Y lo mismo se podría hacer en el mes del Orgullo LGTBIQ, en defensa de las acciones y avances que deberían acompañarlo más allá de eslóganes y de tintes fáciles, si se quieren proyectar como creíbles. 

Cambiar el color de un logo. Repartir algún boli o producto corporativo equis con los colores de la bandera del arco iris. Incorporar referencias específicas en algún discurso puntual durante junio y alrededores. Poner luces led de nuevo con los colores del arco iris en la fachada del partido o de la institución que se gobierna. Todo eso pudo tener en su momento cierto sentido por sí solo, cuando supuso un cambio con lo que había pasado hasta entonces, y por tanto cuando por sí mismo ya era un mensaje significativo. Ahora, conjugado en singular, sin acompañamiento, resta más que suma y por tanto es contraproducente para la reputación, la percepción de coherencia y para la credibilidad de corporaciones, instituciones y partidos. Hasta el postureo en tiempos del “gustar y emocionar” que tan brillantemente ha descrito el sociólogo Gilles Lipovetsky tiene un límite. Porque el uso político del colectivo LGBTIQ es contraproducente para una sociedad que solo con postureo no avanza y lo es a la vez para una política que tirando de recursos así de tramposos incentiva su mala imagen y percepción popular.