El efecto Kamala

Silvia Cóppulo


Sílvia Cóppulo

Profesora del Máster en Dirección y Gestión de Recursos Humanos de la UPF-BSM
Directora del Observatorio de Liderazgo en la Empresa

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La vicepresidenta americana nació en Oakland y la educaron para hablar poco de sí misma; parecería propio de una persona (especialmente en una mujer) llevada por la vanidad y el narcisismo

Kamala Harris

Kamala Harris ilusiona. En su Twitter se presenta, además de como vicepresidenta electa de Estados Unidos, como senadora, esposa, momala, tía y luchadora por las personas. Momala, un mix entre mom (mama) y Kamala; una forma ingeniosa y dulce de definir quién es para los hijos de su marido, ella, que se mantuvo soltera hasta los 50 años. Ahora tiene 56. Con un she / her como últimas palabras de su presentación, evidencia la voluntad de hacer constar que las mujeres están y la cuenten como una.

En las primeras apariciones públicas tras la victoria, lidera, aglutina y, con una sonrisa firme, comienza a coser una sociedad partida en dos. Soy la primera, pero no querré ser la última, dice, abriendo paso a otras mujeres que, como ella, rompen techos de cristal. Es la primera vicepresidenta y al mismo tiempo la primera persona no blanca en ocupar el cargo. Generosa, recuerda todas aquellas que la han precedido en la lucha contra el racismo y la desigualdad. Enseguida escribió un tuit dedicado a la memoria de la madre, Shyyamla Golapan Harris, y en todas las generaciones de mujeres negras que han creído profundamente en una América, donde un momento como este sería posible. El padre, Donald Harris, profesor en Standford, nació en Jamaica. La madre, en el sur de la India. Cuando sus padres se divorciaron -Kamala tenía siete años y su hermana, cinco- pasaron a ser conocidas como las hijas de la Shyyamla, una investigadora de cáncer de pecho.

La vicepresidenta americana nació en Oakland (California) y la educaron para hablar poco de ella misma; parecería propio de una persona (especialmente en una mujer) llevada por la vanidad y el narcisismo. Claro que, también de la madre ha aprendido que, si no quieres que nadie te defina, hazlo tú misma. Primera fiscal general de su Estado, se educó en Berkeley, una universidad vanguardista, que luchaba por los derechos civiles de las minorías.

Kamala Harris sabe reivindicar y actúa. Cuando es necesario, con firmeza incorporando suavidad. La vimos bajar el tono, hablar despacio, añadiendo decisión mientras ensanchaba los labios, cuando en un debate electoral recordó al exvicepresidente Mike Pence -que no paraba de interrumpirla-: señor vicepresidente, estoy hablando yo. El gesto de sorpresa e incredulidad de Pence expresaba hasta qué punto es de inconsciente y permisivo no otorgar a las mujeres -por brillantes que sean- el mismo derecho a ocupar tiempos y espacios que los hombres -por poco brillantes que sean.

Orgullosa de ser negra, no piensa pedir perdón a los que no lo entiendan. Incluso al mismo Joe Biden -ahora presidente electo- le reprochó haber trabajado con senadores que apoyaban la segregación racial oponiéndose a la integración en los colegios. Los niños blancos iban en autobuses diferentes de los de las niñas negras, y ella era una de esas niñas negras, le espetó en un debate cuando ambos luchaban por la candidatura demócrata. Pero Biden ha tenido vista. Conocedor de sus virtudes (es empático, respetuoso, dialogante y ponderado), pero también de sus debilidades (no tiene una personalidad potente, no levanta pasiones, ni se percibe como un líder nato, sino como un buen gestor, y tiene una edad muy avanzada -77 años), ha escogido a una mujer que ya le ha aportado mayoritariamente el voto femenino, el de los jóvenes y el de las minorías. Haber sido el vicepresidente de Obama, le ha servido también para ser el favorito entre los afroamericanos. Que el mes de mayo un policía pusiera la pierna en el cuello de George Floyd hasta ahogarlo, ha provocado muchísimas protestas antiraciales, donde Harris también ha participado. Biden y Harris, de la mano hacia la Casa Blanca.

Sueño y veo a Kamala Harris como candidata. Quisiera que a él le fuera imposible derrotarla. Ella ya es un referente. Me gusta Kamala

Pero no nos engañemos. Europa respira aliviada con la victoria de los demócratas, o más exactamente con la derrota de Trump. Un hombre con una personalidad excesiva, machista, narcisista, racista, manipuladora, grosera, mal educada, mentirosa, etc., pero excelente en intuición, capacidad de tomar decisiones, visión y comunicación. Para mí, la pregunta no es qué ni quién, sino por qué. ¿Por qué casi la mitad del pueblo norteamericano ha votado Trump, esta vez aún más que hace cuatro años, habiéndolo conocido? La respuesta nuevamente viene de los que se sienten excluidos del sistema, de los que no confían en las instituciones y el supuesto orden -que esconde también favores y corrupción-, los que se informan por las redes y no por los medios de comunicación y los espectadores de shows basura, donde ser grosero y humillar cotizan al alza.

La cultura requiere esfuerzos y determinación para poder asumir, disfrutar y otorgarle valor personal y social. Pero es la mejor propuesta para hacer crecer la democracia y la humanidad. Trump utilizaba un sistema democrático para introducir fórmulas dictatoriales. Muchos ciudadanos eludían la responsabilidad propia cediéndola al libre albedrío del líder, por histriónico que fuera.

Donald Trump puede querer volver en 2024. Sueño y veo a Kamala Harris como candidata. Quisiera que a él le fuera imposible derrotarla. Ella ya es un referente. Me gusta Kamala.

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