Una visión práctica de la RSC

Oriol Montanyà


Oriol Montanyà
Profesor de Operaciones en la UPF Barcelona School of Management

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La RSC fue un proceso iniciado en EE.UU. al que también se fue sumando una creciente corriente europea para impulsar cambios en los negocios orientados a compaginar la competitividad económica con actitudes más éticas y comprometidas 

Algunos artículos que abordan la revisión histórica de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) se remontan hasta 3.000 años atrás para ubicar el origen del concepto en un personaje mítico de la antigua Persia, el profeta Zaratustra, al que se le atribuye la fundación de la religión mazdeísta, que consideraba la vida como un constante combate entre el bien y el mal, con el bien anclado en tres principios básicos: buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones

Pero si consideramos que es demasiado fantasioso buscar las raíces de esta cuestión en la filosofía precristiana, siempre podemos acogernos a publicaciones más pragmáticas como el libro que lleva por título Responsabilidad Social Corporativa (2018), donde la autora Tania Cañas sitúa el germen de la RSC en los años cincuenta y sesenta, ligado al rápido incremento del tamaño y poder de las empresas estadounidenses y al papel protagonista que estas comenzaron a desempeñar en una sociedad que afrontaba problemas sociales urgentes como la pobreza, el paro, las relaciones entre razas, la degradación urbana y la contaminación. 

Un proceso iniciado en EE.UU. al que también se fue sumando una creciente corriente europea para impulsar cambios en los negocios orientados a compaginar la competitividad económica con actitudes más éticas y comprometidas. En este contexto, concretamente en la década de los 90, es cuando se acuña por primera vez el término Responsabilidad Social Corporativa (RSC), consiguiendo un fuerte impacto en todos los sectores de actividad. 

La verdad es que existen muchas definiciones de RSC en la literatura académica, pero destaca por su relevancia la que proponen las profesoras Marta de la Cuesta y Carmen Valor (2003): "La Responsabilidad Social Corporativa es el conjunto de obligaciones y compromisos, legales y éticos, nacionales e internacionales, con los grupos de interés, que se derivan de los impactos que la actividad y operaciones de las organizaciones producen en el ámbito social, laboral, medioambiental y de los derechos humanos". 

Es una definición muy concreta que ayuda a entender el alcance del concepto y darle una orientación eminentemente práctica. Y es que establece el punto de partida en las obligaciones con los grupos de interés, cosa que ya obliga a romper la frontera entre la gestión del negocio y la RSC, entendiendo que esta tiene que estar inyectada de forma transversal en todas las estrategias de relación con los stakeholders: clientes, trabajadores, proveedores, sociedad e inversores. De hecho, la RSC no debería ser un área dentro de las organizaciones empresariales para construir relatos políticamente correctos, sino un gen de su ADN para condicionar todas y cada una de las decisiones que toman las personas que conforman el colectivo. 

La definición de las profesoras Cuesta y Valor también nos invita a centrarnos en los compromisos derivados de los impactos que produce nuestra actividad. Este es otro aspecto fundamental porque evita confusiones muy comunes, como pensar que las donaciones benéficas y el márketing social son RSC. Lo que se espera de una empresa socialmente responsable es que maximice los efectos positivos que tiene en la sociedad y minimice los negativos. Por el contrario, emprender y publicitar acciones solidarias alejadas de su actividad no está en el marco de la RSC, aunque pueda ser perfectamente legítimo y positivo. 

Pero si hay un aspecto clave a la hora de abordar la RSC es verlo como una oportunidad para adaptarse a las necesidades de los agentes de interés, fortalecer las bases del negocio y, en consecuencia, diferenciarse de la competencia. Así pues, no debemos ubicar la RSC en el campo de las amenazas, ya que bajo este paradigma la percibiremos siempre como una especie de imposición, estableciendo una relación negativa que nos impedirá incorporarla como parte esencial de nuestras estrategias y sacarle el máximo potencial. 

Si hay un aspecto clave a la hora de abordar la RSC es verlo como una oportunidad para adaptarse a las necesidades de los agentes de interés, fortalecer las bases del negocio y, en consecuencia, diferenciarse de la competencia

Para encontrar muestras representativas de esta visión operativa de la RSC deberíamos analizar el sector logístico, donde las empresas ya hace tiempo que pivotan su RSC sobre el eje de la sostenibilidad, integrándola de lleno en el "Core Business". De hecho, las cadenas de suministros tienen una gran ventaja competitiva, y es que la sostenibilidad económica tiene muchos puntos de conexión evidentes con los objetivos de sostenibilidad social y ambiental, ya que una relación ética con los colectivos que la rodean, así como una buena gestión de los recursos naturales, redundan directamente en una mayor productividad. 

Un buen ejemplo es la empresa sueca IKEA, que ha convertido su capacidad para compactar muebles en una de sus estrategias más diferenciadoras, no solo por la evidente eficacia económica, sino también por los beneficios que aporta a nivel ambiental y social. En el artículo 'Sostenibilidad y mejora logística; un caso práctico' (2011), los autores lo explican así: "Además de los ahorros de costes asociados a la racionalización de los materiales de envases y embalajes empleados, la empresa también ha logrado importantes ahorros a nivel logístico, no solo porque encuentra soluciones de embalajes que les permite jugar eficientemente con las cantidades de stock en tienda, sino también porque consigue lograr una optimización en los costes de transporte. Paralelamente, estas medidas de eficiencia en transporte han permitido reducir 56 gr de CO2 por m3 y km transportado entre los años 2005 y 2010".

Aunque no sabemos si aquel profeta persa fue el verdadero precursor de la Responsabilidad Social Corporativa, sí que nos dejó una reflexión que es fundamental: que los pensamientos, las palabras y las acciones tienen que estar en perfecta sintonía. Y es que lo peor que le puede pasar a una compañía es que predique una RSC que no practica, ya que el engaño siempre acaba aflorando y mermando la credibilidad del que lo promueve. Así que debemos trabajar para quitarle la razón a uno de los más prestigiosos periodistas económicos de Cataluña cuando asegura que "el grosor de la memoria de RSC de una empresa es inversamente proporcional a su verdadera RSC". 

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