Las finanzas sostenibles o el rapto de Europa

Rapte d'Europa de Tizià (Wikipedia)

Marcos Eguiguren
Director de la Cátedra en Finanzas Sostenibles
Director del Dpto. de Gestión, Derecho, Sociedad y Humanidades

 

No crean ustedes, cuando lean con cierta sorpresa el título de este artículo, que me estoy refiriendo a la princesa fenicia que fue secuestrada con engaños por Zeus, el Dios de los dioses, para esconderla en Creta donde, siempre según la mitología griega, se convirtió en la primera reina de la isla. 

No, no es eso, aunque, en cualquier caso, les recomiendo que disfruten del magnífico cuadro de Tiziano que recrea ese rapto de la princesa Europa representada por una bella joven en un imposible escorzo, que es llevada en volandas por Zeus, transformado en un imponente toro blanco, a través de las aguas.

La interpretación de esa frase en el título de nuestro artículo es mucho más prosaica, menos “mitológica” y, desde luego, sugiere imágenes mucho menos bucólicas que las que pintó Tiziano. Aquí nos referimos a esa Europa que, maniatada por los gobiernos de los diferentes países, por una interpretación equivocada del estado del bienestar y por la pesadez de sus propias superestructuras políticas, tiene secuestrados a sus ciudadanos y a sus empresas en una ineficaz maraña normativa, fruto de su patología reguladora. 

Nada escapa a la voracidad reguladora europea. Como dice un buen amigo, los norteamericanos adoran la cultura del riesgo, observan, exploran e innovan. Por ello lideran a nivel mundial muchos de los campos de la actividad empresarial y económica. Los chinos también empiezan a sobresalir en innovación, pero siguen manteniendo su especialidad de tomar grandes ideas y transformarlas en realidad de forma eficiente y asequible. Por ello aspiran al coliderazgo económico a nivel mundial. Mientras tanto los europeos tomamos esas innovaciones y esas realidades, las desmenuzamos y nos afanamos en cómo legislar y regular sobre ellas, hasta que acabamos despojándolas de su alma y de su esencia en pos de una supuesta hiperseguridad. Por eso, a marchas forzadas, Europa está perdiendo su papel en el mundo. Y, lo más curioso, los políticos europeos y nosotros, sus ciudadanos, seguimos sin darnos cuenta de lo que está pasando. Hasta que sea demasiado tarde.

Con independencia de la caricatura, no exenta de realismo, que nos ofrece mi amigo, debemos reconocer que hay cierta razón en la misma. El campo de las finanzas sostenibles es, sin lugar a dudas, un claro ejemplo.

El moderno concepto de lo que hoy conocemos como finanzas sostenibles, nace de facto en Europa a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, con la creación de los primeros bancos éticos o bancos con valores. Más tarde se va evolucionando con la aparición de los llamados criterios ESG (o criterios medioambientales, sociales y de gobernanza equilibrada que deben ser tenidos en cuenta a la hora de decidir las políticas de inversión), y se perfecciona con la aparición de los fondos e instrumentos de inversión de impacto. Aunque hoy en día es difícil para cualquier territorio reclamar la paternidad única de cualquier innovación, el papel de Europa en el nacimiento de las finanzas sostenibles es incuestionable.

Ahora, muchas décadas después del nacimiento de esas iniciativas pioneras y cuando empieza a ganar visibilidad en todo el mundo el término de finanzas sostenibles, las autoridades europeas nos obsequian con un tsunami regulatorio que se irá desplegando en cuatro oleadas entre la primera mitad de 2021 y finales de 2022:

  1. El reglamento de Taxonomía, que permitirá clasificar qué inversiones se entienden por sostenible y cuáles no.
  2. La integración ESG, que permite regular como se integrarán esos criterios en otras normativas ya existentes, sobre todo en el marco de la protección del consumidor de productos financieros.
  3. El marco de divulgación (llamado SDFR), para incrementar la transparencia acerca de la integración de los criterios ESG entre gestores y asesores financieros.
  4. Por último, la directiva SRD II de implicación a largo plazo de los accionistas, para obligar a los inversores y gestoras a tener una implicación a largo plazo en las empresas en las que inviertan. 

La verdad es que desconfío sobre el verdadero impacto que podrán tener esas normativas en el desarrollo de un ecosistema verdaderamente genuino de entidades financieras, inversores y operadores que deseen voluntariamente abrazar las finanzas éticas e integrar, con independencia de la miríada de normativas, los criterios ESG en sus decisiones de inversión. 

Las instituciones que han practicado finanzas sostenibles de forma integral y no solo como una parte de su negocio, o para cumplir con una normativa, se han basado en un único concepto que es imposible de normativizar, la intencionalidad. Hablamos de entidades e inversores que, desde siempre, y de forma intencional, han practicado finanzas sostenibles porque han entendido que esa era y es la única forma de entender las finanzas. A todos esos intermediarios no les hacen falta demasiadas normativas para seguir haciendo lo que su intención siempre les ha indicado que debía hacerse. Está por ver, si el tsunami normativo que se avecina es capaz de influir en el cambio de intencionalidad de los muchos otros intermediarios financieros que no han estado, o solo han estado tangencialmente en ese ámbito de las finanzas. Tengo mis serias dudas. Si no se producen cambios en la intencionalidad, la regulación solo es imposición y papeleo.

Desde las instituciones educativas debemos colaborar a una comprensión profunda de fenómenos como las finanzas sostenibles, Debemos investigar y divulgar para que los legisladores y reguladores entiendan de verdad cuál es su verdadera función y se olviden de sobre normativizar. Para que los profesionales del mundo financiero entiendan que las finanzas sostenibles no son una moda, un segmento de mercado o una opción más, sino que son las finanzas del mañana. O para que los ciudadanos entiendan la verdadera importancia de este fenómeno y sepan distinguir el grano de la paja. 

Tal vez, solo tal vez, en esta ocasión, podamos evitar “el rapto de Europa” y mostrar orgullosos el liderazgo de nuestro continente en este importante campo que puede acelerar el tránsito a una economía mejor y más humana.