COVID-19: ¿Una epidemia más?

Josep Maria Vilaseca Llobet es médico de famífia, profesor y antiguo alumno de la UPF Barcelona School of Management, donde cursó el Executive MBA. En estos días de incertidumbre y desazón por el COVID-19, el Dr. Vilaseca nos habla en este artículo de las diferentes epidemias vividas en Europa y las diferencias entre ellas y el coronavirus. Y advierte: la cuarentena del foco epidémico es siempre la mejor medida.

¿Una epidemia más? 

Mientras escribo estas líneas, la epidemia del coronavirus todavía no ha llegado a la máxima incidencia ni prevalencia. Ya he vivido varias epidemias, primero la del SIDA como estudiante de medicina y médico residente; y posteriormente la SARS, el gripe A, la èbola, y no nos olvidamos del gripe estacional.

Europa todavía recuerda la terrible epidemia de peste negra del siglo XIV, y las sucesivas de siglos posteriores. Y la de la fiebre amarilla de Barcelona en el siglo XIX. Y la de cólera silenciada por la dictadura. Con tantas epidemias que forman parte de la memoria individual y colectiva, hoy en día, en la era de internet, aparentemente tendríamos que ser unos expertos para afrontar cualquier tipo de epidemia.

La propia complejidad de nuestra sociedad nos hace vulnerables. El primer ejemplo es el equilibrio entre el impacto sanitario y el impacto económico, político y diplomático: me refiero a la cuarentena.

Con respecto a nuestra confianza desmesurada en la tecnología, la epidemia del coronavirus es una lección de humildad que nos recuerda la fragilidad humana y nos refleja como individuos y como sociedad.

Es sabido desde hace siglos que, para contener epidemias que se transmiten de persona a persona, hay que aislar a los infectados y sus contactos durante un periodo de tiempo que antiguamente, por reminiscencias bíblicas, era de cuarenta días. Este principio básico de la epidemiología no ha cambiado. En la época de los viajes transoceánicos era relativamente sencillo poner un barco en cuarentena. Pero hoy en día, ¿quien se atreve a aislar un país entero? ¿Quién para el tráfico aéreo, ferroviario, de automóvil? De entrada, una cuarentena es un aislamiento sin excepciones. ¿Y el avituallamiento de la población? ¿Y los servicios médicos? Estos últimos somos unos grandes transmisores de dolencias.

El confinamiento de las personas a sus domicilios es también una cuarentena: ¿la seguimos estrictamente? ¿Qué hay que hacer con los que no la siguen? ¿Qué pasa con la productividad de las empresas y los autónomos?

El otro ejemplo es el de la novedad del coronavirus: se trata de una dolencia nueva, y esto nos cuesta de entender. Inicialmente recibimos un alud de información sobre el periodo de incubación de la dolencia, de la transmisión del virus en el aire, de su supervivencia a las superficies, de su tasa de infectividad, del cuadro clínico que produce... Informaciones que también tenemos que poner en cuarentena, porque han ido cambiando. Ahora tenemos el virus en casa y lo podemos “observar con nuestros propios ojos”, pero nuestros estudios necesitan tiempo. Y ya no digamos las grandes preguntas: ¿cuáles son los individuos más susceptibles, cuáles son los tratamientos más eficaces y qué otras medidas preventivas podemos adoptar (incluida la tan esperada vacuna)?.

El coronavirus: se trata de una enfermendad nueva y esto nos cuesta de entender. Hemos recibido mucha información pero esta información ha ido cambiando. Ahora tenemos el virus en casa y lo podemos observar pero nuestros estudios necesitan tiempo. A falta de tratamientos, la cuarentena es la mejor medida.

Volvemos al principio: a falta de tratamientos, la cuarentena es la mejor medida. Y aquí ponemos en juego las medidas que decretan los gobiernos (centralizadoras o descentralizadoras, proteccionistas para evitar la compra de empresas, aumento de la liquidez, disminución de los tipos de interés, cierre – ¿demasiado tarde? – de fronteras, movilización del ejército, clausura de comercios y empresas...) ¿En qué momento había que tomar este tipo de medidas? ¿Cuáles son las más eficaces y por qué? Eso lo determinaran los expertos más adelante. Pero está claro que desde el punto de vista médico, la cuarentena del foco epidémico desde el primer día es la única que habría podido evitar o limitar mucho la propagación del virus.

El último ejemplo es la respuesta sanitaria a la pandemia. Hemos aprendido bastante de los circuidos para atender una afluencia masiva de pacientes. ¿Cómo se puede solucionar la inmensa necesidad de mascarillas, desinfectantes, etc.? Cómo se pueden habilitar unidades de cuidados intensivos de emergencia? ¿De dónde reclutaremos el personal sanitario que hace falta?¿ Tendríamos que tener un dispositivo de emergencia organizado permanentemente por la próxima epidemia?

Finalmente, las reacciones psicológicas humanas no han variado mucho del que nos explicaba Boccaccio al Decameron: el miedo, el egoísmo, la superstición, la suspicacia... y también la generosidad, el altruismo, la compasión...

Hacia nuestra confianza desmesurada en la tecnología, la epidemia de coronavirus es una lección de humildad que nos recuerda la fragilidad humana y nos refleja como individuos y como sociedad.

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